“Un viaje siniestro”. Por @ugeastesiano

Muy, pero muy pocas veces, hablo o digo algo de fútbol. No me gusta, no me cae bien, no lo siento, no me atrapa, no me interesa. Sé positivamente que es una pantomima de la realidad, en el que hay muchos actores que se llenan los bolsillos mientras miles, millones de abnegados ilusos van detrás de cada minucia, consumiendo porquerías (desde pseudoperiodismo a sustancias prohibidas) de toda índole. Me asquea el fútbol. Me resulta intolerable.

Sí, le reconozco al fanático del fútbol -al del deporte, del juego- eso de ver y seguir todo lo que hay porque ama ver la pelota redonda yirar por cualquier lado. Se lo reconozco, porque eso me pasa con el rugby.  Recapitulando: detesto  visceralmente al fútbol, pero entiendo al fanático del fútbol porque también entiendo que hay gente que detesta al rugby con sus tripas, pero reconoce en el fanatismo por la ovalada, algo que él también tiene.

Las paralelas se tocan en el infinito.

El Club Comunicaciones, el que se hecho famoso de la noche a la mañana por ser víctima de la injusticia y la sinrazón, de la premeditación y la alevosía, del desapego a los valores del buen deportista, del “me cago en todo” del fútbol argentino y más de los que lo mandan, del desenfreno por el poder y el dinero, de la locura irracional que demostraron desde el club Deportivo Riestra para arriba (deberíamos decir secuaces, pero mejor no) en una espiral de hechos antireglamentarios, ilícitos que fueron condenados por todos pero avalados por todos también.

¿Y a qué viene esto, en este blog de rugby?

A que así como Hurling Club es el club de mis amores, mi club de rugby, el de mi único tatuaje; el Club Comunicaciones es el club de mi vida. Sin el Club, hoy no estaría acá, porque mi padre allí nació, a una cuadra; allí jugó en 1ra al hockey sobre patines; allí conoció a mi madre en esas fiestas y carnavales de los sesenta, allí se tomaron juntos de la mano para bailar rock por primera vez y hasta que el viejo partió con su camiseta y gorrito de Comu a alguna constelación, toda su vida de niño y adolescente en veranos interminables con amigos del barrio, pasó allí, en la cancha de pelota a paleta, o en la “Olla”, cuando el calor apretaba en serio.

Y los hijos también la pasamos allí. Y los hijos de los hijos, ídem.  Somos, todos, del Cartero.

Por esta historia impregnada de amarillo y negro, por la herencia y la descendencia, siempre fui fanático del Club.

Hoy, además, fui hincha de fútbol.

Me duele decirlo y hasta me avergüenza en algún punto: por escasos cinco minutos, me convertí. Y como todo converso, fui de lo más exacerbado, tanto que hasta me sabía la canción “Carteeeeeeeeeeero soy, del-ba-rrioAgronomía, porvó dejolavida, todó por secampeóooooooooo”, en loop, moviendo la manito de atrás hacia adelante.

Lamentablemente, no pudo ser. Ganaron los malos, como casi siempre en todo. Sí se que si había un gol de Comu, iba a ser el más gritado en la Argentina desde el de Burruchaga en 1986.

Y con este final, me vuelvo contento a mi espanto secular por el fútbol y sobre todo, por el argentino.

Fue un breve y siniestro viaje -por suerte- pero por Comu, valió la pena.

Por Eugenio Astesiano

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